CIENCIA

Errores y aciertos de los investigadores en la primera pandemia retransmitida por Twitter

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Recreación artística de coronavirus flotando en el aire dentro de gotitas, exagerando mucho el tamaño de los virus respecto al de las gotitas. En la realidad son mucho más pequeños. / Adobe Stock

Las redes sociales han jugado un papel crucial durante la crisis por la covid-19. Mientras que en ellas algunos científicos y científicas han divulgado su trabajo, otros perfiles las han aprovechado en beneficio propio, generando desinformación y crispación. Los debates en abierto deberían ser útiles, pero las dinámicas polarizadoras de las redes pueden socavar la confianza del público hacia la ciencia.

Sergio Ferrer|Agencia Sinc | 20/06/2022 - 07:56h.

"SANTA MADRE DE DIOS, ¡¡¡el nuevo coronavirus es un 3,8!!! ¿Cómo de malo es ese R0? Es malo a nivel de pandemia termonuclear [...] No estoy exagerando". Ese tuit, publicado por el epidemiólogo Eric Feigl-Ding el 25 de enero de 2020, sentó el estilo de una de las cuentas de Twitter sobre covid-19 más populares, que hoy supera los 720.000 seguidores: mayúsculas y adjetivos hiperbólicos. Más tarde añadiría a la receta emojis de calaveras, señales de advertencia y luces rojas.

Feigl-Ding fue definido como un "charlatán que explota una tenue conexión para autopromocionarse" por el epidemiólogo de la Universidad de Harvard Marc Lipsitch en un tuit ya borrado. La "tenue conexión" hacía referencia a que su colega, pese a ser también epidemiólogo, estaba especializado en nutrición y no tenía experiencia en enfermedades infecciosas. Como advertía otra investigadora por aquel entonces ante la avalancha de opiniones expertas que se avecinaba: "Soy epidemióloga, pero apenas sé nada sobre epidemias".

La covid-19 ha supuesto una oportunidad de oro para perfiles como el de Feigl-Ding, que han logrado el éxito posicionándose en uno de los extremos del espectro ideológico de la pandemia. No solo alarmar y exagerar da sus frutos: también negar la gravedad del SARS-CoV-2 y el impacto de la pandemia.

El bioquímico Robert Malone sirve como ejemplo contrario a Feigl-Ding. Este también aprovechó su "tenue conexión" como investigador de la tecnología de ARNm para propagar desinformación sobre la covid-19, sus tratamientos y vacunas. Antes de ser expulsado de Twitter a finales de 2021, tenía más de medio millón de seguidores. Según los cálculos del New York Times, ingresa más de 30.000 dólares brutos al mes a través de su boletín de Substack.

En medio de tanto ruido, polarización y posiciones extremas, muchos expertos invisibles señalan la paradoja de que las personas que más de cerca han vivido la pandemia han sido las que menos tiempo y oportunidades han tenido de explicarla.

"Creo que la comunicación que se ha dado por Twitter por parte de algunos científicos ha sido bastante mala", critica con dureza la investigadora del Centro Nacional de Microbiología María Iglesias. "Los que tradicionalmente hemos trabajado en diagnóstico de virus respiratorios hemos estado tan saturados, agobiados y ocupados que no podíamos atender constantemente a la prensa ni hacer hilos larguísimos de cualquier preprint que saliese".

El director del Observatorio de Salud Pública de Cantabria Adrián Aginagalde logró compaginar su trabajo desde la trinchera con la divulgación en Twitter. Considera que la "sobreexposición" de algunos perfiles ha "distorsionado" y generado "ruido".

"Ha habido una disonancia muy importante entre los expertos en redes sociales y la labor que hacíamos, con un discurso de brocha gorda sin entender las diferencias entre Comunidades Autónomas". También admite que "cuando se trabaja 18 horas al día y se opina sobre el trabajo sin conocerlo ni tener información de primera mano ni experiencia previa es un poco difícil de gestionar".

Se busca investigador que hable con medios

En los peores meses de 2020, mientras Iglesias y Aginagalde apenas dormían, los periodistas se enfrentaban a otro problema: necesitaban encontrar investigadores que explicaran al gran público conceptos tan nuevos y confusos como la hoy famosa R0.

Una de las caras que la pandemia ha convertido en conocidas es la del investigador de la Universidad de Alcalá Manuel Franco, cuya experiencia define como "larga y compleja" por el número de medios en los que ha colaborado: radio, televisión y periódicos. Desde informativos hasta La Sexta Noche, pasando por tribunas escritas en El País, SINC y el Science Media Centre España, este epidemiólogo ha experimentado el lado mediático de la covid-19 con sus luces y sus sombras.

"Yo aprendí mucho de una cosa que decía Fauci: que para poder divulgar necesitas preparar datos y un discurso, ser humilde y contarlo para que se entienda, y como experto en un área científica, saber decir que no cuando te preguntan sobre otra", desarrolla. "Esto último ha sido difícil, no solo porque ha habido gente que se ha atrevido con todo, sino porque el conocimiento iba saliendo poco a poco".

"El problema esencial sobre la sobrerrepresentación de discursos es que los medios de comunicación debían cumplimentar muchas horas de emisión y llamaban constantemente a investigadores para que intervinieran", explica la investigadora y catedrática de Periodismo de la Universidad de Valencia Carolina Moreno, especialista en analizar la percepción social de la ciencia y su comunicación.

"Había quien siempre decía que sí a todo y quien era más selectivo. No se puede estimar porque no hay constancia, pero sería interesante preguntar a los medios cuántas personas rechazaron participar porque consideraban que no tenían nada que aportar más allá de sus percepciones como cualquier otra persona próxima al entorno sanitario", añade Moreno.

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